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martes, junio 19, 2007

Ocho

En invierno los niños se cuecen en la polenta.

Afortunadamente todavía falta para el invierno.

Las madres se quemaban los dedos pelando las papas calientes para que comieran sus hijos. Ahora por suerte existe Maggie.

Te vestía de colores dulces para poder amarte. Era necesario.

Ahora transcurren los días.

Vuelan las mariposas.

Las tres hermanas murieron en el cañaveral. Las mataron a golpes de garrote.

Es preciso que estas cosas sean sabidas.

Recordadas.

La gente tiene una ilimitada propensión al olvido. La felicidad se cuece en la ignorancia.

Nos rebajamos a amar cosas que son indignas de ser amadas, para tener un poco de tibieza. Un sorbo de café y vivir un día más. El polvo de la carretera está mojado de sangre.

Sólo quisiera que fueras distinto a ellos. Que vieras. Que recordaras.

Cuando todo comienza a suceder rápidamente y no hay vuelta atrás, se mira con dulzura el caleidoscopio de momentos felices, echados a rodar como bolitas de vidrio sobre un mantel de bolillos. Las niñas juegan sobre la mesa, arman palabras con letras pintadas en cubos de madera. Mamá zurce medias y sonríe. Alguien pisa las bolitas sin darse cuenta y todo se rompe, ruido de espejos y de lágrimas. Ya no se puede volver.

Hay un último rayo de sol en la tarde, el primero después de la lluvia.

Ella escribía: el rumor del viento en el jazmín.

Y se iba quedando dormida.

Los gritos hacen menos ruido que las balas.

Andaba de puntillas, como si volara. Por eso nadie la veía.

Conocer como se conocen las ausencias y las tardes perdidas. Conocimiento acuático que burbujea.

No hay nada en la heladera. La ropa está tirada. Despego un preservativo del piso de parquet. Comeré unos ravioles congelados hace siglos, sin salsa porque no tengo ganas de hacer salsa. Sólo por hoy. Mañana volveré a ser brillante y leve como me imaginan. No hay tomate, de todos modos. Anoto: compras: lata tomates. Y voy emergiendo de a poco.

Salir del horno es costoso. Me dejaría cocer con gusto. Primero me encerrarían en una jaula y me cebarían bien. Cuando estuviera rozagante y sonrosada, me pondrían una manzana en la boca. Los cuentos necesitan manzanas muy rojas. Lo bueno es que con la manzana en la boca ya no podría decir nada más.

En el otro canal discuten de las cirugías de una actriz. Todo se ve luminoso, hasta el punto de resplandecer. El plástico pulido brilla como el mármol. Pero es leve, se desarma de un soplido. Ser leve, saben, es una delicia.

miércoles, enero 17, 2007

Siete

Mi oftalmóloga tenía el pelo negro, parecido a Betty Boop, pero con muchos, muchísimos más años. Cada dos por tres me mandaba hacer un campo visual. Es importante que los campos visuales salgan bien. Significa básicamente que la persona tiene la habilidad de ver cosas que están pasando en puntos más o menos alejados del lugar donde focaliza su atención. En la práctica, esto raramente sucede. Es esa famosa cuestión el árbol y el bosque, que también puede entenderse como el bosque y el árbol. Siempre hay una cosa que tapa a la otra.

Cierto escritor español galardonado por la Real Academia opina que las mujeres tienen un temperamento algo chismoso y realista. En contrapartida, pienso yo, son pocos los hombres que saben despegarse del suelo cuando escriben. Generalmente son homosexuales, les gusta el té importado, los pañuelos de seda y los gatos persas de pelaje gris humo.

Lo bueno es que cuando uno escribe puede decir cualquier cosa, porque total no es uno. Es otra persona generalmente llamada narrador, que es alguien que suele tener algo que contar, y a veces sabe todo acerca de las cosas y las personas de las que habla; es un chismoso absoluto, podríamos decir, pero queda mejor decir que es omnisciente. Las cantidad de palabras raras que puede decir o escribir alguien nos dan un parámetro de la extensión de su educación. Hoy en día estar educado no es realmente importante para ser feliz, por eso los que sí están educados están más esforzados que nunca en demostrar la importancia de la educación. Quieren que el pensamiento tenga valor en el mercado, porque es lo que ellos tienen, y les da rabia no poder venderlo bien. En verdad no usan la palabra felicidad, les da un poquito de cosa, de resquemor, digamos, que suena mejor. La felicidad continúa siendo eso que al intelecto se le escapa por completo, aunque trata de disimularlo.

Es muy importante aclarar cuándo uno es el narrador y cuándo uno es uno. De lo contrario, se puede dar lugar a equívocos considerables.

De todos modos, a veces el narrador no sabe nada de nada, y uno tiene la sensación de que es un pobre tipo que está tan perdido como nosotros.

Cuando sucede algo verdaderamente trascendente, rara vez involucra a más de dos personas. Quedan recortadas, iluminadas de blanco sobre negro, flotando sin nada alrededor, sin fondo y sin tiempo. La cámara se aleja despacio.

Aprendí a patinar a los seis años con patines de cuatro rueditas. En esa época las pistas de patinaje estaban de moda. Luego dejé de patinar por mucho tiempo. A los trece o catorce años salíamos los viernes por la tarde, después del colegio. Entonces estaban de moda las pistas de patinaje sobre hielo. Siempre decíamos de ir al Skating (pronúnciese a la española, no a la inglesa), pero al final nos acobardábamos y terminábamos yendo a caminar por la Avenida Gaudí. Cada tanto íbamos al cine, a ver El club de los poetas muertos (porque la había recomendado el profe de literatura, que también deseaba sentirse valorado), o la primera de Batman. Después íbamos a un bar y algún valiente, generalmente Yolanda, se esforzaba en que le sirvieran un vodka con limón. Como parecía de dieciocho, generalmente lo conseguía. Mientras, nosotros mirábamos el video de Sinnead O´Connor en la pantalla del bar y, avergonzados de nuestro aspecto de niños, pensábamos en cuándo llegaría nuestro turno para el vodka con limón.

Los recuerdos no son como el agua. Hundimos un palito y la superficie se quiebra, pero al retirarlo la imagen sigue intacta. O tal vez no, porque ha trancurrido el tiempo, y entonces, aún segundos después, las cosas no son las mismas.

Hay apagones por la sobrecarga de lucecitas navideñas. Yo siempre pensé que demasiada Navidad iba a hacer daño a la larga.

Mis amigas se quejan y trasladan cosas de su heladera a la de sus padres o sus tíos. Además hace mucho calor, el aire es demasiado denso para respirarlo, y los ocho pisos por escalera...

A los niños les gusta la Navidad, los regalos, las guirnaldas y todo eso, pero también les gustan los jueguitos que hay en Internet donde se puede matar a Papá Noel. Hay uno en particular donde lo ves derrumbarse en un charco de sangre, con la barriga al aire. El juego termina diciendo: Merry Chirstmas, shot again!

Casi siempre llueve cuando escribo, o hay olor a lluvia en el aire.

Cuando hay sol me gusta jugar a ser otra. Otra soleada, con sonrisas de sandía.

Es muy ambiciosos pretender vivir. La mayoría de la gente se conforma con sobrevivir. Uno sobrevive laboralmente, intelectualmente, emocionalmente, sexualmente, pero sería muy tonto llamarle a todo eso vida. A veces se convierte en vida, pero son sólo momentos. Para la mayoría eso está bien. Algunas mujeres terminan desangradas, pero son males menores.

Ahora hace frío. No termino de saber si soy una criatura del frío o del calor. Para vivir en un clima es preciso resignar el otro. Pienso que viviré en el frío cuando sea vieja y se me seque el cuerpo, pero ahora es una lástima despedirse del sol.

Bastantes años más tarde aprendí a patinar sobre el hielo. Un verano. La pista era diminuta. Yo no deseaba hacer piruetas, sólo deslizarme y dar vueltas rápido, más rápido. Ser una con el hielo, como a veces soy una con el agua. Pero tenía problemas para frenar; nunca aprendí a frenar del todo. Los patines tenían un raro color ciruela.

Escribir está hecho de tristezas sueltas e inconexas, de recuerdos inventados y sensaciones atrapadas como mariposas: al instante de clavarlas con un alfiler, pasan a ser otra cosa. Pero nosotros vamos corriendo a mostrar la nueva pieza de nuestra colección. Es una falena, decimos convencidos. Y nos extasiamos ante las alas metalizadas y azules.

Es bueno saber lo que las cosas son. Es un alivio. Una suerte, verdaderamente, que exista el lenguaje. Si no, todavía estaríamos tratando de hacerle entender al otro que eso que para él es un peine, es en verdad un erizo de mar.

Las verdades se disfrazan de mentiras. Y viceversa.

Apasionarse es una de las mentiras. Es tanto el deseo que tenemos a veces por las cosas, que pensamos que nos vamos a morir. Las tragedias, por suerte, pasaron de moda hace rato.

Me quedé sin velas. Los pabilos están hundidos en cera derretida, que aún huele un poco a vainilla, a naranja y jengibre. Escribiré sin luz. Pensaré en las personas que mojaban su pluma en tinta, en el ruido de la pluma al raspar el papel. Cuando escribir era una ceremonia. Todas esas personas están muertas. Escribo en mi memoria, guardo todo allí. Un día alguien conectará un cable usb a mi cerebro y bajará larguísimos libros. Probablemente tirarán el corazón a los perros o lo pondrán en la parrilla para el asado del domingo.

Ella había luchado con los perros para arrebatarles el corazón de su amante.

Pero ahora nadie lucharía por una víscera sanguinolenta, salvo que aún estuviera viva o pudiera volver a estarlo en otro cuerpo. Las vísceras muertas no tienen utilidad alguna; tampoco es aconsejable ponerlas en el fondo de una copa, rociarlas con vino y beberlas, como hacían antes algunas damas. Puede producir cefalea.

Él escribió: Now aeroplanes are crashing, who turned out the light?

Las dos trapecistas giraban sobre los aros como monjas, como grandes cuervos negros con sus faldas ahuecadas, allá en lo alto. La reina había colocado su cabeza sobre la piedra muy lisa y muy fría. Caía una lluvia de papelitos azul flúo. Un niño lloraba. Yo tuve miedo, pero no cerré los ojos.

miércoles, enero 10, 2007

Seis

El Claro de Luna de Debussy suena en una de las últimas escenas de una película de estafadores. Todos se van en silencio porque no queda más música para compartir. Cierran las cajas de sus instrumentos y se van a hacer otras vidas donde será preciso que esa noche en la fuente y todo lo demás sea olvidado.

La señora tenía el pelo blanco, un trajecito de esos a medida que usan las señoras mayores, también blanco, con flores rojas. Y zapatos blancos.

No puedo recordar si la vi en algún lado, si la imaginé o la soñé tal vez.

Tal vez soy yo. Seguramente seré una de esas viejas que combinan los zapatos con la cartera, el esmalte de uñas con el lápiz de labios, el audífono con el tono de piel.

La abuela esperaba.

Si la muerte está al caer, que me encuentre bien vestida.

Tengo miedo de que me falle la memoria, de recordar viejos amores y no saber bien cuándo los viví, si los imaginé o los soñé.

Es por eso que los viejos lagrimean a veces, a escondidas, sobre sus pañuelitos de percal.

Cuando afuera las paredes se mojan como la piel de los peces.

Recuerdo un olor suave y soleado a mandarina.

Cierta vez nos escampamos del colegio a la mañana. Ahí ya era más grande, acababa de empezar el bachillerato. Fuimos al parque de la Ciudadela. En las mañanas despejadas el pasto aparecía lleno de magnolias. O era sólo un deseo, porque el perfume de las magnolias es un momento escondido en el fondo de un aljibe, sigue abriéndose blanco con las mismas lágrimas de hace cientos de años. En días de semana, los parques guardan abuelos que miran los días. Se sientan bajo los magnolios y dejan que la tarde de agua se escurra en sus manos, para que los niños la beban y jueguen. Para que la escupan, la destrocen, la sueñen. Ese día alquilamos botes para andar por el lago. Una mañana nublada. Seguimos remando y riendo en ese lago, moviéndonos en círculos inciertos y haciendo chistes porque remamos tan mal que podríamos hundirnos, y debe ser asqueroso tener que nadar en el lago verdoso, lleno de algas. Después nos acordamos de los profesores, y los ponemos a remar por parejas, y llegamos a la conclusión de que ellos también se hundirían fácilmente, a pesar del latín y las fórmulas matemáticas.

Hay momentos en que se sabe que las cosas no están sueltas. Continúan como perlas interminables: donde el hilo se rompe lo continúa un sueño. Pensamos que los sueños no tienen mayor importancia.

Así es como a veces aparecemos en mitad de un instante que tiene sabor a otro, y el olor a fin de lluvia nos recuerda que en otro tiempo vivimos en un piso alto, un edificio de ladrillo con el balcón soleado y un toldo verde, desde donde mirábamos la placidez de las nubes. Allí estábamos por siempre a salvo, tan sólo con mirar.

No es posible acceder a ese tiempo: es algo que aún no llega.

Pero la sensación es tan agradable, una felicidad suave de tanta mansedumbre, donde no se desea nada más, donde no se extraña nada tampoco, y sin embargo no hay nada de lo que hoy se conoce.

En Navidad a lo lejos, las carnes huelen a naranja y ananá, clavo de olor y pimienta. Se cuecen lentamente en una dulzura insospechada, llena de guirnaldas de plata. La abuela me enseñó a pasar el dedo por la llama de la vela rápidamente, para no quemarme. Yo ponía la mesa, con las servilletas con dibujos de papanoeles, encendía el arbolito y me quedaba mirándolo por horas.

Afuera relampaguea.

Soñé también que salvaba a una ardilla. Primero, la ardilla, que corría por la calle, era atropellada. Pero se levantaba y seguía corriendo. Entonces yo la levantaba e iba hasta un kiosco a comprarle un sandwich de jamón.

Zapatos negros empapados, chorreando.

También vi cómo me mirabas en sueños.

Panambí e Irupé eran dos niñas que se convirtieron en mariposas. Las alas tomaron el color de sus vestidos: blanco y frambuesa. Una de ellas flotaba sobre una gran hoja, la otra la llevaba.

Y vuelve a llover.

jueves, enero 04, 2007

Cinco

Se puede ser turista de la propia ciudad.

Los niños siempre quieren descubrir algo nuevo a la vuelta de la esquina. Sonrisas de pasto fresco y helados. En el fondo de la casa, detrás de los pastizales que nunca se cortan, se tiende un sabor incierto en las tardes de verano. Del otro lado del muro vive la vecina que nadie ve hace años, sólo a veces asoma su cara en penumbras sin salir nunca de atrás de la puerta entornada. La gente dice que está loca, loca como una cabra, locura de campo que acaso no lastime. El viento sigue moviendo el pasto suave casi sin ruido.

La felicidad es cuando el heladero pasa despacito, con tiempo suficiente para detenerlo.

No dejar que la costumbre se apodere de las cosas. Mirar todo con grandes ojos nuevos. Estar alerta, porque en cuanto uno se descuida todo tiende a deslizarse hacia lugares conocidos.

Toda ciudad es un poquito como las otras ciudades. Tiene pedazos de otras, igual que las personas. Sólo hay que saber buscar los rincones que se alejan. Sólo hay que saber alejarse.

Lo maravilloso de esos lugares es que se podría no volver.

Entonces quedan sumergidos en el recuerdo que los envenena de verde, también despacito.

Salir y no saber dónde se va. La imprecisión, con zapatos gastados que pierden la tapita, o se les quiebra el cambrillón.

A veces uno olvida las palabras de otros idiomas, pero las recuerda en sueños. Soñando uno es siempre más inteligente, porque el sueño se escapa a la costumbre.

Un día sueño que intento salvar a un lagarto, a pesar de que no importa demasiado.

Al otro, que nos mudamos con mis papás a una ciudad lejos. Pero el departamento es oscuro, los cuartos dan a un patio común, con paredes manchadas de humedad gris.

El profesor dijo a sus alumnos: anoten sus sueños.

Y todos escribieron sus palabras con mucho cuidado.

Cuando era niña, solía ser feliz en diciembre. Todos los preparativos de la navidad son un acontecimiento mucho mejor que la navidad en sí misma. Por otra parte, la vida se ve mucho mejor de color rojo metalizado, o verde, o azul, redondeada y brillante adentro de una bola que refleja lucecitas que titilan. Por eso era lindo armar el árbol de navidad.

Al hundir los ojos en la escena tonalizada de rojo, se recuperan todos los otros años en que miramos la bola de la misma manera. Se entiende que todo sigue sucediendo, que es mentira que las cosas dejan de suceder. Se quedan guardadas como los adornos o el pino de plástico, reposando hasta que las miremos de nuevo.

Tenía un juego para los viernes, cuando salía del colegio. El juego consistía en salir a caminar sin rumbo fijo, a descubrir un barrio que no conociera. La complicación del juego era, claro, que podía perderme. Y eso era también lo que lo hacía fascinante. Las calles nuevas me hacían sentir distinta, vivir un pedazo de otra vida, que era la vida de las personas que caminaban todos los días por esas calles. La vida debería poder interrumpirse de golpe y convertirse en algo completamente diferente, una y otra vez. Nos perdemos muchas vidas posibles por elegir sólo una...pero tenemos miedo de que nos pase lo que a Alina Reyes, es un cuento que nos contaron varias veces de distintas maneras. Entonces, los otros que viven dentro de nosotros se van muriendo de a poquito.

Todavía veo esas calles, con unos ojos raros que no son los que guardan la imagen y el espacio, sino los que guardan las sensaciones. Pasé por la puerta de una droguería, cambió el semáforo, cruzó una chica con un perrito, la luz del cielo se iba apagando...nada de eso es nada.

La feria donde comprábamos los adornos era siempre en alguna hora entre las seis y las siete, cuando el cielo se vuelve más azul, se estira apagándose y uno podría llorar un poco por el día que se va, si se detuviera un instante, pero en general eso no sucede. En invierno, son horas donde hay una espuma de tristeza, un deseo de chocolate y estrellas, pero muy tenues, casi invisibles. Toda la felicidad era el crepúsculo en esa feria y saber todo lo que vendría. Mi adorno favorito era azul, un azul translúcido y opaco, alargado, con vueltas de purpurina plateada. No había nada más lindo. La abuela había hecho un adorno clavando alfileres con puntas de colores metalizados a un calcetín. En la feria siempre estaba anocheciendo, apenas un rato era de día, y a medida que se hacía más de noche, uno era más feliz. Vendían turrón y manzanas con caramelo. Era en una plaza y los senderos levantaban polvo. Hacía frío y la gente compraba uvas.

Sería todo especial, porque me pondría un vestido especial y me dejarían tomar media copita de sidra. Y porque habría muchos regalos. Y prepararíamos una comida especial también, y la serviríamos sobre platos especiales.

La gente se queja porque no suceden cosas especiales. Somos perezosos con lo especial, esperamos que venga a nosotros y nunca se nos ocurre hacer al revés.

Cuando era adolescente, mi amiga Claudia solía pedirle a los ángeles que sucedieran cosas especiales. Hacía ceremonias raras, como llenar baldes de agua con azúcar y dispersarlos por toda la casa. Y prender velas rosadas diciendo palabras inconexas que sacaba del libro de latín de su hermano. Ya en la adolescencia uno empieza a volverse perezoso. También es una manera de tener una excusa para enojarse con los ángeles, con dios y todo el mundo. Todo porque papá no nos deja quedarnos a bailar hasta tarde.

Cuando tenía 12, nunca me había escapado del colegio. Una mañana decidí hacerlo y fui a la feria. Era raro, porque era de mañana. Compré pipas de calabaza. Estaba nublado. Fui a casa y me puse a bordar un mantelito con punto de cruz para regalarle a mi mamá. En la escuela teníamos clase de bordado. Yo aprendía a bordar y tocar el piano. Ah, sí...también tenía un gato. Era la época de mis cosas Dickens. Las niñas impresionables atraviesan épocas Dickens, épocas Alcott...épocas D’Amici, incluso. Se obsesionan con la bondad y quieren morir jóvenes como Beth, hasta que en un momento alguien les pincha el globo, cuando descubren que el amor de las damas agitando su sombrilla entre suspiros, es en realidad un disfraz del sexo. Y ahí todo se complica, y no hay vuelta atrás. La vida con sexo es mucho más complicada.

Es una lástima que los niños sensibles descubran el sexo con culpa, pero no sé si podría ser de otro modo. Con el sexo se renuncia al mundo de la magia y se ingresa al mundo de las confusiones, de las relatividades. Por hacer las cosas especiales se podía todo, incluso ser ridículo, ser grotesco, ser torpe. Ahora todo eso está mal. Se corre desesperadamente a ser deseable, a buscar las cosas que los otros dicen que son especiales. Ahí los niños son ahogados hasta morir, o casi...Cuando ya no pueden hacer las cosas especiales, cuando la magia es algo que queda afuera. Hoy, por cierto, los niños son ahogados mucho más temprano.

Sé que si amo a alguien es porque tiene aún algo de niño. De niño que puede respirar debajo del agua.

Y algo felino en los ojos, que desafía al mundo observándolo.

martes, diciembre 26, 2006

Cuatro














Dejar escurrir los zapatos
llenar la cama de blanco cuando quiero irme.

Escribir es un consuelo de arroz con leche.

Dicen que no se puede escribir bien y ser feliz.

Sueño escaparme a un lugar con muchas hojas y pocas palabras. Un lugar de flores enormes y anaranjadas, donde puede ser la otra parte de mí. La que se estremece y desconoce todas las agujas de las ciudades. Como si nunca la hubieran tocado.

Un yo de agua.
Con los ojos hirviendo.
Planta devoradora.

La vida oscila entre el bagel de canela y el pan blando con porotos negros. El pan se moja en sopa y ya no es. Todo se vuelve de cartón y los niños lloran porque no es verdad.

Alivio de canela en la boca.

Adentro tengo muchas vidas contenidas que se apretan entre sí, se pisan unas a otras. Aún no sé contar ninguna. Se van deshilachando mansamente al sol.

Un año me habían disfrazado de hada, con un bonete de papel metalizado y una varita con una estrella. Y al siguiente, de bailarina muy blanca, porque yo quería ser bailarina. Pero había demasiado silencio en la casa de paredes largas. Y una garrafa de gas en invierno.

Se elige el frío ansioso de las palabras o las lenguas calientes sobre la piel.

Desistir parece ser aún algo honorable, despojarse suave como un cisne en un estanque detenido y vaporoso. Círculos rasgando azul espeso, casi violeta.

Habían dejado que la pileta se llenara de camalotes. El agua estaba quieta y oscura hacía tiempo. Los otros chicos decían que una vez, un niño se había caído y se había ahogado, y estaba ahí todavía. Yo pensaba en ese niño enredado en los tallos de las plantas mientras comía macarrones sin salsa en el comedor. La masía era vieja y grande en el monte pequeño pero oscuro. Todos los años se perdían montañistas en las rocas y niños en las cuevas.

Veneno lento de neblina y azúcar. Rosas de mazapán y purpurina celeste. Ternura de tul y recuerdos inventados.

Así se elige no ser. Un deslizarse. Una promesa de nieve.

Si me escapara hacia lo verde, lo tierno que lastima; dolor de un brote nuevo que deja al mundo sin lenguaje.

Los que no han llorado por dentro no merecen ser felices. Las lágrimas que nadie sabe.

La felicidad miserable de la ropa blanca y los ravioles del domingo. Felicidad de patio y macetas.

La felicidad dorada que venden en los freeshops. Felicidad de luces halógenas.

La felicidad de un beso de sol y sal, resbalando de fruta partida. Felicidad jugosa de piel sin pensamiento.

Cocinaba con un delantal estampado con una muñeca de Sarah Key. Me subía a la silla y medía la harina por cucharadas. Las manos demasiado pequeñas para batir el azúcar con las yemas de huevo.

Tal vez nunca volvamos a vernos.



Epílogo


Yo tenía ganas de llover.

Una vez, un texto dijo que yo era hermosa y atroz. Y extrañamente, mataba en vez de morir. A fin de cuentas, no hay gran diferencia.

Es de noche y estoy en la pileta vacía. Hago la plancha mientras me riega el agua de lluvia. Muy blanca en el agua muy negra.

domingo, diciembre 17, 2006

Tres

Tengo la fantasía de que un hombre se enamore por cómo escribo.

Como si me lamiera por dentro hasta los huesos.

Ya sé que eso es imposible. Ya sé que no funciona así.

Es más fácil que una mujer se enamore de un hombre por cómo escribe, a que suceda lo opuesto.

Las palabras se ponen un vestido de imagen, pero sólo es el vestido que yo elegiría. No es el vestido de moda.

Es difícil ser amada cuando no se escribe con palabras bonitas. Las palabras bonitas me apretan como zapatos nuevos.

No ha sido siempre así. Yo antes nadaba embobada en la belleza de las cosas.

Yo no sé escribir historias. Lo que yo escribo es el strip tease de una cebolla, contado de distintas maneras. Voy rescribiendo la historia y parece que son muchas, pero es una sola. Es un viejo truco.

Del otro lado me gustaría que los ojos del que me mira fueran horizontales y claros, con olor de libro nuevo.

No se puede escribir cuando se es feliz, porque sale todo demasiado sonrosado. Los artistas lloran y hacen mares de lágrimas y sopa de letras. Comen eso todos los días, por eso la mayoría están flacos y tienen mal aspecto. Un artista rozagante y bien nutrido siempre es algo sospechoso.

Es raro dónde puede terminar uno en la web. Del blog de un intelectual se aterriza en el de una ex prostituta. El intelectual y la ex prostituta se encuentran a tomar café y sacan el album de fotos de sus encuentros sexuales como otros sacarían el de sus hijos.

Se sufre cuando no se entienden los códigos del sexo y el dinero.

La vida se reduce a esto: tener el máximo placer el mayor tiempo posible.

Después viene la muerte.

Entremedio hay gente que prefiere pensar más y tener menos placer. Es una elección penosa, pero por suerte ellos no saben que están eligiendo.

Yo, por ejemplo, no sé elegir. Me gusta estar suspendida en las largas zonas grises, de una ciudad a otra, de un cuerpo a otro, sin ser nunca yo del todo.

A veces mi cabeza es golpeada como una piñata, y saltan miles de papelitos de colores con todas las ideas y cosas valiosas que me enseñaron.

Lo mejor que le puede pasar a una persona es que sus padres no se ocupen de su educación. La educación de los padres está pensada para que la vida de sus hijos sea como la de ellos, pero mejor. No prevee que se injerten pedazos de otras vidas que nunca conocieron.

Yo quisiera hacerme a mí misma con pedazos de las vidas de otros.

Quisiera tener un pedazo de la vida de Tina Marie, la ex puta. Ella lo dice con la boca muy roja y el pelo muy largo.

Las mujeres piensan que la vida de las prostitutas es desgraciada.

Piensan eso para no tener lástima de su propia vida.

Las abuelas susurraban una tristeza de mentira que tenían las pobres chicas que taconeaban en los arrabales.

La tristeza no tiene que ver con el sexo, sino con el dinero. Se es triste cuando se es pobre, eso es claro.

Las mujeres se enojan cuando no pueden tener todo el sexo que quisieran. Entonces dicen que no son amadas y que los hombres son una basura.

Las mujeres desean poder procurarse placer como los hombres y los envidian secretamente por esto. Han inventado la idea de que no son buenos porque no desean estar con una sola mujer.

Las mujeres desean sentirse especiales para olvidarse de lo poco que se ocupan de su placer.

Cenicienta barre migajas de la fiesta y espera un vestido de hilos de plata. Ella espera un príncipe, sus hermanas sólo quieren desnudarse sobre una cama caliente regada de guisantes.

Con la piel aleteando de cisnes negros y salvajes.

De niña tenía un libro de cuentos donde había una niña con un pelo muy negro y muy largo. Era tan largo que cuando viajaba en barco, el pelo colgaba y caía sobre el mar como una larga cola. En el pelo se enredaban estrellas de mar y pececitos de colores. El cuento se llamaba: una trenza tan larga...

Cuando las cosas andan mal, es mejor acostarse desnuda sobre una sábana recién lavada. La vida se vuelve entonces increíblemente diáfana.

Tina Marie explica su trabajo con lujo de detalles. Recuerda con cariño a todos sus clientes. Todos le enseñaron algo sobre el placer. Las mujeres, al oírla, se resquebrajan como jarrones viejos, de dolor y de impotencia. Pero no es el dolor del goce, sino el dolor mohoso de la piel arrugada antes de tiempo, que siempre tiene algo de vela, de iglesia.

También es bueno sumergirse.

Con el agua tan caliente como se pueda.

El baño es una ceremonia.

Las mujeres piensan que el sexo debería ser una ceremonia.

Cuando las mujeres no disfrutan del sexo se quejan del clima, de la comida, de su familia, de los programas de televisión. Pero especialmente se quejan de los hombres.

Los hombres son los gigantes que están en el bosque, donde las cosas son salvajes, y no pueden saltar del otro lado del muro sin morir.

Los hombres se entristecen cuando las mujeres destilan agua y se quedan chapoteando ahí. Generalmente esto sucede al atardecer. Las mujeres chapotean como sapos porque creen que no pueden nadar si no es subidas a un hombre como a un delfín. El cielo de la tarde se pone violeta y no hay agua, sólo charcos y tallos de hierba que crece muy alta. El día se va con los sapos croando y las chicharras, en la casa de madera donde no hay luz. Allá afuera está la llanura. Los bichos vuelan alrededor del único farol, se quedan pegados a la luz. Las cosas deben nacer así sin nada. Sin saber qué se come mañana o adónde se vuelve. La vida que muerden los que aún tienen dientes.

La gente sólo puede tolerar la felicidad ajena en pequeñas dosis, y siempre y cuando sea parecida a lo que ellos entienden por felicidad. Se discute la posibilidad de borrar la palabra éxtasis de los diccionarios.

domingo, diciembre 10, 2006

Dos

Escribo desnuda.

Me gustaría que mi cuerpo estuviera sumergido la mayor parte del tiempo. Escribir con gorgoteos.

Pienso que las mujeres escriben mejor cuando quieren morirse. A veces ellas no lo saben, pero lo saben sus cuerpos. Cuando una persona quiere morir, en lo primero que se nota es en el lenguaje. Las letras salen crudas y por eso incomodan. En general, la escritura tiene muchos procesos de cocción. Se recalienta el mismo plato. A la gente le gusta comer de ese plato siempre y cuando parezca haute cuisine. Nos gusta que elaboren las cosas porque parece que se toman la molestia especialmente para nosotros.

Cuando todo queda así crudo se parece al sexo de madrugada con alguien que no veremos más.

No ver más se parece a la muerte. Queremos ver cosas todo el tiempo.

Por eso la gente cree que los ciegos son las personas más desgraciadas. No pueden ver las cosas lindas del mundo. Tienen que conformarse con imaginarlas como quieran.

No sé si es igual con los hombres. También se nota cuando quieren morir. Pero no dejan tanto que eso se meta en su escritura, porque aún sobreviven más de lo que mueren en ella. No dejan que se filtre tanto la hermosura de las cosas escondidas que acechan.

Como una flor nocturna allá en la sombra me abriré dulcemente para ti, escribía ella.

Las flores tienen un veneno que puede intoxicar a los desprevenidos, especialmente a los niños.

Cuando era niña quería vivir adentro de la heladera. Se apaga la luz y yo me duermo sobre la escarcha. Me gusta ver humear los cubos de hielo seco.

Las tardes de lluvia me acuerdo del cumpleaños de mi amiga Alba. Era su último cumpleaños porque sus padres se mudaban a otro lugar, entonces estaba a punto de morirse para nosotros. Mi madre me llevó a su casa, un edificio muy lindo que tenía flores doradas grabadas en las puertas del ascensor. Llovía. Tal vez por eso nadie más fue al cumpleaños. Comimos croissants rellenos de chocolate en la cocina, toda limpísima y marmolada. Nos pusimos gorros de papel metalizado y escuchamos canciones de Los Parchís. Yo tenía ganas de llorar. No tanto como aquella vez en el aeropuerto, que me agarraba de la columna para que no me llevaran. Las despedidas no son fáciles para nadie.

Cuesta soltar las cosas porque se van a un lugar donde no podemos verlas. Ahora tal vez pueda tipear el nombre de mi compañerita en Google, tal vez me entere de que está casada con un peletero o el dueño de un restaurante en Platja D’Aro. Tal vez tenga hijos, tal vez tome antidepresivos, tal vez lleve una vida rosada y feliz. Puede que esté muerta de algo que pasó después de la mudanza, varias cosas que comenzaron a encadenarse desde el momento en que me decía adiós con la mano desde la puerta blanca del ascensor bordeado de flores. Yo creía que eran flores de oro. Caían en cascada inevitable, soltadas de la mano de la princesa de un cuento.

La culpa siempre es de las flores que relumbran.

Antes la gente desplumaba gallinas. Muchas mujeres degollaban gallinas y hundían sus manos en las vísceras calientes. Las casas olían a pluma y a piel de pollo. Las mujeres olían a niño, a sexo, a salsa de tomate. Ahora no pueden oler más que a una cosa por vez.

Se enseñó que las casa y las personas debían oler a flores de plástico, a flores imposibles. Señoras sonrientes y bien peinadas pulverizan ese perfume sonriendo, demostrando con eso que la felicidad empieza siempre por un buen perfume y un peinado adecuado. Es por eso que los sábados las peluquerías se llenan de señoras que desean estirar y pulverizar sus cabellos, y que el día de la madre las perfumerías no dan a basto. Madre es ahora un perfume suave e inofensivo a sábana limpia y ropa nueva.

Tal vez el corazón de la gallina sigue latiendo unos segundos más, tal vez al hundir las manos es posible sentir su corazón sin sentir pena.

Mi madre lloraba cuando le sirvieron el caldo de su gallina favorita. Estaba siempre dando vueltas en el cuarto donde las mujeres cosían. Se murió al tragarse una aguja.

Alba no podía saber nada de eso, guardada en su cocina de mármol y chocolate.

La gente guarda a los niños para que no sepan. Les cuentan cuentos donde los malos son gigantes y brujas deformes que viven lejos y mueren electrificados cuando intentan pasar al otro lado del muro.

Mi abuela tuvo una tía que murió muy joven. Tenía pulmonía y se vistió para ir a un baile. En esa época no quedaba bien querer bailar más que vivir, y eso sigue siendo así todavía. Yo trataba de imaginarme a mi tía bisabuela con su vestido blanco de debutante, las mejillas demasiado rojas, el corazón girando en un vals derramado de flores y sangre. Seguramente tosería sangre. Ojalá que hubiera muerto en el salón, mirando la luz tibia de los candelabros o la cara del hombre que deseaba que le hiciese el amor. Todas las familias deben tener una virgen que muera joven. Es necesario para que los dioses no nos castiguen demasiado.

Cuando la gente tenía fiebre, se creía que era bueno sumergirlos en una tina llena de agua helada. Si esto no surtía efecto, se reemplazaba el agua helada por agua caliente. Una vez vi morirse a una mujer así, en una película. Salvo excepciones como Marat, las que mueren en las tinas suelen ser las mujeres. O los niños. También se creía que era bueno hacer sangrías para eliminar toda la sangre mala. El médico de María Antonieta decía que su sangre se acaloraba cuando estaba en el Temple. Tenía hemorragias. Perder sangre es otro ritual necesario.

En el cuento de Los cisnes salvajes, una joven era amada por doce hombres y seguía siendo pura. Por eso la hoguera donde querían quemarla se cubría de rosas.

El incesto era algo común, sobre todo entre reyes y príncipes.

En algún momento el agua que fluía se estanca y comienza a pudrirse. En la superficie aparecen capas de hongos que flotan a la deriva.

Agua estancada.

Agua encantada.

Cuando se está a punto de saltar a un río desde cierta altura, uno siempre piensa que se puede morir. No se sabe si debajo hay una gran piedra que no vemos a simple vista, o una corriente subterránea que nos impedirá volver a la superficie.

Cuando caigo y mi cuerpo flota en el aire, sé que es irreversible.

Al entrar al agua, todo se ensordece.

He entrado en otro mundo.

Veo grandes peces huyendo.

Veo el tamaño de la piedra sumergida que no vi desde arriba. Pienso que mi madre se moriría si supiera que he muerto por una enorme piedra, contra todas las enseñanzas y pronósticos.

Veo que estoy viva en otro mundo.

Abro los ojos.

Mi sangre se enfría como si la hubiera dormido en la heladera.

Estoy adentro de una inmensa tina burbujeante y llena de vida.

Estoy extrañamente viva.

Si miro hacia arriba puedo entrever el sol a través del agua.

La niña salió del agua y caminó desnuda hacia la costa que brillaba al sol. Allí fue vestida por el hijo del rey, quien la tomó por esposa.

O bien: la niña nunca salió del agua y se convirtió en una sirena.

domingo, octubre 29, 2006

Uno

A Aglaja Veteranyi

Decidió un día bajarse del mundo.
Ahora yo la leo.
Es necesario hacer silencio para que puedan brotar las cosas.

Cuando un mundo me pierde, otro me gana. He sabido que no se puede estar en dos mundos al mismo tiempo y quedarse ahí. Entonces veo despacio, como desde afuera, cómo uno de los dos cede y muere, y enseguida parece algo tonto y rosado que no era verdad. Se vuelve algo pequeño que se puede guardar en el bolsillo como una bolita de vidrio.

Los mundos no se deslizan unos sobre otros sin que eso duela. Siempre tiene que doler, cuando hay algo que está yéndose y no se lo puede parar. Se mira lo que se va con la cara pegada contra el vidrio lleno de gotas, de postes de teléfono que pasan uno tras otro, todos iguales, si quedaran postes todavía.

Decía que allá donde madre estuviera enterrada y fresca con sus largos cabellos, crecerían las frutillas; las frutillas tendrían sabor a madre.

Se quiere devorar gustoso un mundo incomprensible.

Y resolver todo con la música.

A pesar de todo, no es el pensamiento lo que permite pasar de un mundo a otro. Hay un mundo donde se pasa a través de la costumbre, el mundo que da vueltas sin mirar quién cae. A causa de ese mundo yo escribo aquí mientras alguien más muere lejos, sin que nunca podamos conocernos ni saber cómo eran nuestras lenguas o nuestros ojos.

El otro mundo tiene muchas puertas, tal vez ninguna, y llega de pronto como un agua que sube desde un géiser. Pero como se está en el otro mundo, donde las cosas no explotan porque se callan mucho tiempo, entonces es apenas un burbujeo.

Aprendí lo que era un géiser leyendo comics de los personajes de Disney. Tal vez antes sí les sucedían cosas interesantes, cosas inquietantes incluso. Tal vez las cosas que les suceden a los personajes de Disney pasan en un nivel más abajo, tienen un resorte que salta justo en ese otro lugar donde después cuando crecemos no podemos mirar de nuevo. Entonces hay un mundo azucarado de fantasía que no es cierto, pero tampoco pasan cosas malas o siniestras. Son sólo cosas extrañas. También los personajes de Disney comen frutillas.

En una de las historias, Miki y su amigo pasan mucho tiempo dando vueltas en auto de noche, y en la parte de atrás del auto guardan bolsas de un autoservicio, pero luego descubren que hay algo raro con el nombre, con las bolsas, con las cosas que compraron. Quieren descubrir algo, pero están demasiado asustados por todo lo que pasa con las bolsas de noche y las provisiones para comer en el auto. Esa historia lleva a un lugar donde no querían ir. Así se ven de pronto en el reverso de su propia historia, se ven tontos y pequeños y rosados, y saben que está bien tener miedo.

Cuando relampaguea como esta noche, yo deseo que llueva de una vez. La lluvia levanta el olor de la tierra. Pero ahora hay un aire pesado que se enfría despacio, cada vez más húmedo, sigue estirándose y espera desdentado.

Un dramaturgo suizo dice que el problema hoy es que nosotros no podemos morder las cosas.

Yo soñaba a veces ser una mujer devorando un animal muerto en la nieve.

Porque la nieve y la sangre roja tienen color de cuento.

Es bueno llenarse la boca de sangre cuando todo está dormido. Cuando nadie sabe.

Como no podemos morder las cosas, las pensamos. Entonces nos morimos de mundo, de pensamiento. Nos morimos pensando “así que así es la muerte”. Tal vez se recuerda el sabor de la sangre y las frutillas. El olor de la lluvia que no llegaba todavía.

Uno de los mundos es un gran hospital que administra anestesia. Se vive tranquilizado de blanco. Se gira muy rápido con todos los colores, hasta que no queda ningún color. Entonces se está en paz, pero no se sabe. Las novias y los crisantemos de las coronas están llenos de paz, como las cortinas nuevas y las comuniones de los niños de ojos grandes. Abajo los colores se ahogan, se asesinan unos a otros por el blanco que es tan puro y delicado como una sonrisa de algodón o un diente de perla.

Se muere por decirse a uno mismo la verdad y que alguien escuche cómo morimos verdaderamente, cómo pasamos de un mundo a otro y cómo duele, aunque no tenga la menor importancia.

El hospital conduce la sangre roja por tubos transparentes, la hace colgar boca abajo en pequeños saquitos, la impulsa con pequeños corazones de plástico. Se fantasea con entrar en las vísceras de las personas cuando no pueden impedirlo. El turismo visceral será a lo mejor la última forma de la intimidad. Se podrá mirar a alguien y recordar cómo eran sus alvéolos y la tonalidad de las células de su hígado.

Se quiere devorar a todos aquellos que están suspendidos entre dos mundos. La madre colgaba de los cabellos y no era de nadie. Una piel vacía a lo lejos.

El otro mundo llama con timidez, llama a los golpes y a los gritos y entonces se termina odiándolo, porque debería ser blanco e indoloro como el aire. Se viola y se desgarra para que las cosas sean blancas hasta enceguecer.

La lluvia llena de agua las cosas. Por eso nadie recuerda lo que aprendió mientras llovía. Los recuerdos se llenan de agua, son manchones traslúcidos de acuarela donde un color deja ver otro, y otro, y nunca se termina.

El otro mundo espera en la penumbra a que el blanco se ensucie y se deshaga, que las cosas se descascaren como el techo de un baño antiguo y se vea lo que hay debajo. El otro cielo es triste, es celeste desvaído y sucio porque es menos, o pobre, o mal vendido. Nadie va para quedarse. La gente entra y sale con miedo, vuelve siempre a escuchar la música de la calesita. Los caballitos giran y giran atravesados con palos de punta a punta. Las cosas bellas deben ser clavadas con alfileres para verlas mejor. Es bueno ir a ver cómo vive la gente en los lugares oscuros y bárbaros, porque es un pedacito del mundo como era y por suerte ya no, por suerte se puede volver.

Se vive turísticamente.

Se es paracaidista de las cosas. Un buen día se cae sobre uno mismo. Tampoco se entiende nada.

El placer de comer frutillas con crema ya no tiene nada de la tierra donde crecieron las frutillas. Nadie quiere llenarse la boca con tierra.

Ella abrió un túnel al otro mundo, el que siempre quiere absorberme.

Si lo logra, no quiero ser carne para nadie más.

Devoraré con mis propios rituales.

No hay ceremonias en el hospital. Sólo en la iglesia. El mundo está huérfano de ceremonias.

Se entiende, finalmente, que no se puede escapar de donde uno siente el sabor de las cosas como de uno. Las cosas que parece que brotaron del cuerpo, y eso es lo que no se puede, no se sabe cómo decir a nadie. Se quiere que otro entienda ese mundo sólo para pertenecerle un poco más. No al otro, sino a esas cosas que llaman y absorben desde abajo. Extrañamente, para algunos la felicidad no está hacia arriba, sino hacia abajo.

Antes, la gente que no sabía llamaba a esas cosas demoníacas. Luego, a partir del hospital, pasaron a llamarse demenciales. Por culpa de la gente que sabía y no quería saber. Todo lo malo, negro y rojo contra lo blanco que ahoga, blancura de lavandina y de jabón de ama de casa vendido con sonrisa de espuma.

Yo me he vendido largamente.

En el mundo de costumbre todas las cosas son vendidas y compradas. Se entiende fácil. Lo fácil es ajeno al mundo mudo con su boca cosida, guardado en un desván, llorando atado como un animal o un loco.

Siempre hubo un mundo de vísceras y símbolos y raíces y sueños y cosas para ser muertas y arrancadas, pintadas a la cal y convertidas en paredes.

Ella (otra ella) dijo: la verdad de esta vieja pared.

Ese mundo escribe a veces.

Para no ahogarse del todo.
 
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