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domingo, enero 06, 2008

Noona


Leo una gota de magia temblando en tus ojos y pienso: déjala salir...como cuando mis dedos en los tuyos diciendo: te veo, en un susurro. Sé quién eres debajo de tus capas afiladas de mundo. Desde la piel de tu alma me quieres cerca, me quieres lejos. Mejor, decís, tener apenas un bocado de recuerdo bañado en chocolate para morder a veces, en las noches. Y alejarse de cualquier posible sabor de lágrima. Los muchos kilómetros de distancia de tu boca a mi boca impedirán la incertidumbre roja y dulce que estalla en el fondo del bosque. Y también que vuelvas a beber la sal en mis ojos o en mi sonrisa escondida. Eso, según decís, es mejor. Para que nada lastime y las ruedas sigan girando solas, todo el camino.

En el fondo del bosque, un colchón de hojas y besos crujen y se ansían.

Guardo palabras que no entiendo escritas en tinta rosa sobre la servilleta de un bar. Escribiste mi nombre para no olvidarlo demasiado pronto y poder descubrirlo alguna vez en la forma de una nube, en el reflejo de una estrella sobre el agua.

En un mundo que no es éste buceamos juntos, nos bañamos de puro azul sueño, de luna, de cielos inmensos abrazados y olas derramándose sobre la playa.

¿Puedes oírlo...?

viernes, octubre 12, 2007

octubre

una sucesiva desgranación de cosas en mi oído

un preguntarse para qué y por dónde

una fascinación por tener guardado adentro mío a alguien que no duda, que sólo ríe, vuela y sueña con dulzura de medialuna y ojos de alegría humedecida

querer acercarse después de la lluvia

con la suavidad de un pétalo

pero el barro y la primavera y las plumas mojadas de los pájaros en la vereda

el cerebro con sobrepeso de imágenes y vestidos ajados

lo nuevo que viene de puntillas

lo que no se sabe

lo que es sin saber

yo, por ejemplo

domingo, septiembre 16, 2007

Una semana de lluvia


la plaza de noche en cintas de verde luminoso, escamas de agua y tierra húmeda
perlas de lluvia en mi pelo
pura niebla
los días son extrañamente suaves y minúsculos
grises de incertidumbre

Como porotos pasados con sal. La piel de algunos está desprendida, una crisálida aún pegoteada. Quiero leche caliente con miel y canela. Vestidos azules, besos y rulos deshilachados por donde pueda subir mi alma
Arroparme
dejarme envolver por pedazos y tibieza
los pulmones inundados de bocanadas de micropartículas acuosas

Ahora los espéculos de los ginecólogos vienen con camaritas de video, para poder conocerse mejor por dentro. Nuestra membranas gelatinosas y empapadas aguardan, tal vez hace siglos, una mirada, un viaje...

Asomada al borde plateado de las cosas
rainy pearls
sabores mezclados en la boca
un deseo de abuela y meriendas
de bizcochos con merengue

Tomo el colectivo 64, que tiene el número bordado de lucecitas rojas, y se parece un poco a ir al circo, a la feria, o a otros lugares donde nunca fui que, sin embargo, vienen conmigo.

Hacia adentro, hacia afuera. Pliegues y repliegues. Eso de ahí es un pólipo, no debería estar, pero tampoco molesta, no es nada malo. Fíjate como, al moverlo, segrega un líquido blanquecino.

Ahora la imagen sale hacia fuera, vuelve a llenarse de poros que respiran.

Un cuerpo estirado entre dos mundos.

Siempre anhelo el olor a levadura y manteca que sale de las panaderías por la noche. Pero nada de lo que venden tiene ese mismo gusto: ni las medialunas, ni las cremonas, ni los alfajores de maicena.

Acurrucarse entre sábanas con olor a lavado recién tendido. Ahora es posible comprar ese olor y esparcirlo sobre las cosas que no son recientes, para que sigan sucediendo ahora.

Dentro mío se forma algo que podría ser un bebé luminoso. Mi panza luminosa y yo flotamos en un agua azul lúcido, azul plácido. Nadamos lejos, entre delfines.

Anuncian leves descensos de la temperatura y un aumento significativo de la percepción. Una espesa masa de agua, de pan o de sueños, se desplaza formando cirros, cumulonimbus y otros velos

que irán a bañar el pasto de estrellas.

lunes, julio 16, 2007

Agualuz



Me sumerjo en el agua caliente, tibia por el frío.

El agua humea.

La penumbra se ilumina apenas con la luz de tres velas turquesa.

He echado en el agua sal marina gruesa, bicarbonato y aceite de durazno.

Me dejo ir en el agua, escuchando los sonidos de los delfines.

Cierro los ojos y me veo siendo una mujer durante el día, un delfín durante la noche, nadando hacia la claridad de la luna llena sobre el agua. Una silueta emerge del mar y se recorta sobre un círculo de luz.

El viento nocturno apaga una de las velas, se esparce un olor suave a cumpleaños. Eli pide un deseo que nadie imagina...

Al sacar mi cuerpo del agua, mi cabeza roza las hojas del helecho que cuelga. Junto al mar, crece una selva.

Ahora cae sobre mi cuerpo una cascada caliente, agua de géiser, mis poros se dilatan y reciben el agua que alisa mi piel y diluye mis pensamientos, quietos y agazapados como flores sobre la hierba.

Me envuelvo en una toalla, turquesa y verde jade al mismo tiempo. Me envuelvo y corro a escribir. La toalla me cubre como un poncho de agua.

Escribo: antiguamente se creía que príncipes y princesas, bajo el efecto de una bendita maldición, asumían la forma de un cisne, un ciervo, un águila...

viernes, julio 06, 2007

Primavera


Pétalos de crisantemo.

De mañana, muy temprano, el día aún sin sol es gris azulado. La tierra humea de frío y de rocío que se evapora sobre las hojas muy verdes.

La boca temblorosa de una mujer.

Las puntas afiladas de las lanzas. Algunas (ignoro su nombre) tienen un extremo en forma de gancho, para, al clavarse, enganchar las vísceras y arrastrarlas hacia fuera cuando el arma se retira.

Ni una palabra se escapa de su boca.

Sólo bebe un té humeante y verdoso en una copa cincelada.

Día tras día. Año tras año.

Todos duermen, y acaso no despierten. Al despertar, apenas un rostro enmascarado, y el aire frío pentrando por un tajo largo y limpio en la garganta. Borbotones de sangre, ahogo, la desesperación de no poder decir una última palabra, todo en apenas una milésima de segundo. Negro.

Ensillar los caballos y huír.

Los que se queden no verán el día.

Borda flores doradas sobre un bastidor. Mil flores, mil grullas: ella borda un deseo.

La boca tiembla, a punto de ser besada después de una espera muy larga. Y también: cuando escucha que alguien que ama va a morir.

Tan sólo...

Corre, ve a palacio y salva a nuestra hija.

Ya mi cuerpo se va alejando de mí. Se desgarra en distintas direcciones, tironeado por un dolor tan atroz, que mi mente se hunde en un sopor hueco, hacia abajo, hacia la tierra negra, mientras alguien, tal vez yo, grita infinitamente a lo lejos, con algo que ni siquiera parece una voz humana.

En el fondo de la taza, mezclado con el poso amargo, un hongo negro.

Aquí, suavemente, pondré mi cabeza. Será sólo un instante. Pronto me reuniré con aquellos que amo.

Todas las mañanas debía colocar una faja alrededor de sus senos, para oprimirlos y elevarlos. Para que los hombres pudieran verlos abrirse como flores; para que pudieran desearlos.

La sangre del patio será lavada con agua en la próxima estación de lluvias.

También debía mojar sus labios en carmín rojo. Perfumarlos para que fueran semejantes a cerezas en primavera.

Luego nevará y todo será olvidado.

Otros deben venir a nacer y morir. Otros deben amar todavía...

A otros les será contada nuestra historia.

Ellos sabrán, un día, que hemos sentido el sol, el roce del vestido de aquella a quien amábamos. Que hemos sabido morir, eligiendo el momento preciso en que el hierro entraría en nuestro cuerpo. Alguien derramará una lágrima, que será bebida rápidamente por el borde de una manga de brocado y seda.

Ahora debo correr, más y más rápido.

Intentarán matarme: apenas una pequeña mujer cabalgando hacia el día que nace. Pero yo tengo una misión, y eso me hace ser como los juncos a la orilla del río. Mi esposo acaba de caer, con varias dagas atravesadas en la espalda. Apenas puedo volver la vista, lo veo caer, levantarse, y aún, entre el polvo, vislumbro las sombras negras que lo enfrentan. Sé que lo miro por última vez, en esta vida. El viento frío me corta la cara, seca las lágrimas que no tengo tiempo de llorar.

Su frente blanca se llena de gotas de sudor diminutas; desde lejos, parecen las perlas de una diadema invisible de plomo que oprime sus venas translúcidas.

Esta guerra se hace contra aquellos que pretenden no tener corazón: aquellos cuyo corazón está oculto bajo una niebla muy espesa, guardado en siete cofres, bajo siete llaves.

Yo he sabido, desde el momento de iniciarla, que no tenía absolutamente ningún sentido.

Sabía que no ganaríamos.

Yo he sentido la rabia, el amor, el miedo, el valor y la agonía de todos los que habitaban las armaduras doradas que yacen contra la muralla de la ciudad prohibida.

Hermosas peinetas de oro enroscadas en su pelo negro. Yo la miraba peinarse todas las mañanas, y luego por las noches, deshacíamos juntos su peinado, dormíamos, después de amarnos, envueltos en su larga cabellera.

Pero aún así...

Era necesario oír cantar al ruiseñor una última vez...hacerlo volar desde tus manos.

También era necesario mirar al cielo y ver cómo el viento se lleva los primeros brotes de flores de cerezo, porque aún no llega la primavera.

Ésta será mi última imagen.

Quiero hablar un instante, decir que amé a todos los que amé, pero no tengo tiempo.

(Beber la copa hasta el fondo, día tras día, hasta perder la razón...)

Decir: lo siento. He fallado. Será otra vez.

(O estrellarla contra el piso, hacerla pedazos, en un último gesto de ojos desafiantes, brillando de agua contenida)

Será otra vida.

Perdóname, amor.

Perdóname, madre.

Perdóname, hermano.

Perdón, hija mía.

Mil veces perdón.

Estaba escrito.

Así había de ser.

.....................................................................................

Los pétalos de crisantemo manchados de sangre son barridos rápidamente por una legión de servidores. Las doncellas llegan para esparcir pétalos nuevos, sosteniendo fuentes de plata, sin despegar los ojos del suelo. Otros servidores se acercan agitando inciensarios, llevando lámparas, porque ya es casi la hora del crepúsculo, o la hora del dragón...el día que termina se asemeja, a veces, al día que empieza. Sus trajes se esparcen sobre la inmensa explanada, formando manchas de color: desde lejos, ellos mismos parecen flores agitadas por un viento suave, que aún no es de primavera.

martes, junio 26, 2007

Interludio: veinticincodemayo



Los chicos de Palermo se derraman entre el sushi y la nieve. Debajo de la voz. Extrañamente, tienen frío, aleteando bajo sus ojos semicerrados, llenos de promesas de té de canela y jengibre caliente. Y grandes cristales que se empañan despacito, detrás de pisadas de botas puntiagudas en la vereda humedecida. Esta pequeña gota en el mundo es mi ciudad, cocida al calor de lámparas naranjas y manos de hombre. Parpadeando en los reflejos de las grúas y las luces sobre el agua negra. Baldosa tras baldosa, las ristras de luces azules quedan atrás, con su resplandor de pecera lejana en el espejo retrovisor. Si pudiera volver a tener sus grandes ojos fijos y tristes de vidrio, o su alegría de artista recién becado...Después, todo es barrido como un remolino de hojas doradas sobre el empedrado, al atardecer, cuando los chicos de Palermo terminan el brunch y se miran, inciertos. Adormecidos, o despiertos en un momento de flores perfectas de tallos largos recién puestas en agua. El invierno llega antes de tiempo y luego se disuelve, dicen los meteorólogos, casi sin ruido. Mientras, yo encuentro el color de hilo exacto para zurcir una remera nueva y bebo mi taza de chocolate caliente en una tarde patriótica y remota. No hay más respuesta que los ojos grandes volando sobre las cosas, que el recuerdo de los manteles a cuadros donde el pan se desmigajaba. Y los motores de los juguetes que dejaron de funcionar; y un rizo de mi pelo deshecho entre tus manos. Y una bocanada de viernes caliente mojando los labios. El deseo de niña de morder moras, que se estira hasta ahora. El hombre que untaba la mesa de manteca no estaba muy lejos del adorno azul de Navidad; yo los busco sin saber que son una misma cosa. Y esa tranquilidad de preludio, de noche y fiesta, en la calle, y esa incertidumbre de madera enmantecada que se trepa por mis piernas, se encuentran en los dos extremos de un círculo a punto de formarse. Sobre mis labios que ya no quieren beber un día nuevo. El frío, el almohadón de cebra, los muebles de diseño. Todo eso lo vi hace muchos años, igual que ahora; me miraba, igual que ahora, en el reflejo de la vidriera, lista para todo el amor del mundo. Pero no lo sabía. Con la garganta sedosa de alcohol, de sal y color rubí, disolviendo pastillas de tiempo, los chicos de Palermo lloran lágrimas de vidrio redondas, luminosas; y sin saberlo, lejos de la belleza apacible y descolorida que los caracteriza, se vuelven, por un instante, verdaderamente hermosos.

La pelusa de mi corazón en un soplo de tu boca
beber demasiado mundo rojo
desaparece y desde el mundo líquido, mi cuerpo sumergido ama
con un gorgojeo.
 
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